HOSPITAL DE ONCOLOGÍA ÁNGEL ROFFO: EXCELENCIA EN RIESGO Y LA URGENCIA DE SOSTENER LA SALUD PÚBLICA
El Instituto de Oncología Ángel Roffo atraviesa un momento que combina, de manera casi simbólica, dos realidades opuestas: la excelencia médica que lo posiciona como referente en cáncer y, al mismo tiempo, una acumulación de necesidades estructurales que ya no admiten postergaciones.
Ubicado en el barrio porteño de Agronomía, este hospital escuela —dependiente de la Universidad de Buenos Aires— se prepara para dar un paso poco habitual para una institución pública: salir activamente a buscar apoyo de la sociedad. Lo hará a través de una gala solidaria el 29 de este mes, en Puerto Madero, impulsada por la Fundación Roffo, con el objetivo de reunir fondos destinados a actualizar tecnología, mejorar la infraestructura y optimizar las condiciones tanto de atención como de trabajo.
“Lo importante no es cuánto aporta cada uno, sino cuántos se suman”, plantea Roxana Del Águila, al sintetizar el espíritu de la convocatoria. Su mensaje deja entrever una realidad más profunda: incluso las instituciones más prestigiosas de la salud pública necesitan del compromiso colectivo para sostenerse y evolucionar.
Recorrer el Roffo es encontrarse con una postal de contrastes. Entre pabellones que evidencian el paso del tiempo, conviven avances clínicos de alto nivel: desde la implementación de braquiterapia con planificación 3D, hasta la incorporación de equipamiento moderno para diagnóstico endoscópico y la ampliación de la guardia.
Sin embargo, también hay urgencias críticas. El área de radioterapia —clave en el tratamiento oncológico— tiene su equipo principal fuera de servicio desde hace un año. Reemplazar el acelerador lineal demandaría alrededor de 2 millones de dólares, una inversión difícil de afrontar en el contexto actual. Intentar repararlo, además de costoso, ya no resulta eficiente: la tecnología quedó obsoleta tras una década de uso intensivo, según consigna una nota del diario La Nación.
A esto se suman otras necesidades: la compra de un segundo tomógrafo para responder a la demanda creciente, la actualización de software médico esencial y la finalización de obras que permitan ampliar y mejorar áreas críticas como la guardia y la internación.
El valor del trabajo multidisciplinario
Para Adalberto Rodríguez, uno de los mayores activos del instituto no es tangible: es su enfoque integral. “El valor del Roffo es el trabajo multidisciplinario”, explica. Especialistas de distintas áreas trabajan de manera coordinada, lo que convierte al hospital en un centro de referencia no solo para pacientes de todo el país, sino también de la región.
Las cifras respaldan esa relevancia: más de 110.000 pacientes atendidos al año, cientos de internaciones mensuales y decenas de consultas diarias en hospital de día, donde se administran tratamientos complejos como quimioterapia, inmunoterapia y terapias dirigidas.
El financiamiento del instituto refleja una problemática estructural más amplia. Mientras los fondos públicos cubren salarios y servicios básicos, el funcionamiento cotidiano depende en gran medida del recupero de prestaciones a obras sociales, prepagas y organismos públicos. Pero ese circuito está lejos de ser eficiente.
Deudas acumuladas, pagos demorados y rechazos administrativos generan un desfasaje que impacta directamente en la capacidad operativa del hospital. En paralelo, un porcentaje significativo de pacientes carece de cobertura o depende de sistemas que no siempre responden a tiempo.
El resultado es una tensión constante entre la demanda creciente y los recursos disponibles. Y, en el medio, pacientes que necesitan respuestas inmediatas en situaciones críticas.
Detrás de cada cifra hay historias clínicas complejas, tratamientos costosos y equipos profesionales que sostienen la atención incluso en condiciones adversas. Un día de internación puede costar cientos de dólares; un tratamiento antibiótico de alta complejidad, decenas de miles. La medicina oncológica moderna exige recursos que crecen año a año.
Pero también exige algo más difícil de cuantificar: condiciones dignas. No solo tecnología de punta, sino espacios adecuados, confort para pacientes que atraviesan tratamientos largos y exigentes, y entornos de trabajo que cuiden a quienes cuidan.
Un llamado que interpela a todos
Lo que ocurre en el Roffo no es un caso aislado. Es, en muchos sentidos, un reflejo del estado y los desafíos de la salud pública.
Por eso, este no es solo un pedido de colaboración: es un llamado a la conciencia colectiva. Porque los hospitales públicos siguen siendo el sostén del sistema sanitario. Porque incluso quienes cuentan con cobertura privada pueden, en algún momento, necesitar de su capacidad de respuesta, su especialización o su infraestructura.
Defender y fortalecer instituciones como el Instituto de Oncología Ángel Roffo no es solo una cuestión de solidaridad: es una inversión social estratégica. Implica reconocer que la salud es un bien común y que su sostenibilidad depende del compromiso de todos los sectores: Estado, empresas, comunidad y sistema de salud en su conjunto.
En definitiva, el desafío no es solo sostener lo que existe, sino proyectarlo hacia el futuro. Porque en lugares como el Roffo no solo se tratan enfermedades: se construye, día a día, la base de un sistema de salud que debe estar preparado para que todos se puedan atender.