TRUMP CONSIGUE QUE LAS FARMACÉUTICAS LLEVEN SUS FÁBRICAS Y LABORATORIOS A ESTADOS UNIDOS
La política comercial de Donald Trump está produciendo un efecto inesperado —y de enorme magnitud— sobre la industria farmacéutica mundial: las grandes compañías están comprometiendo cientos de miles de millones de dólares para fabricar, investigar y desarrollar nuevos medicamentos dentro de Estados Unidos, según consigna en el día de hoy el medio español Expansión.
El mecanismo combina dos de las principales prioridades de la Administración estadounidense: reducir el precio que pagan los pacientes por los medicamentos y recuperar para el país una parte de la producción farmacéutica que durante las últimas décadas se trasladó al exterior.
Desde la llegada de Trump a la Casa Blanca, las grandes farmacéuticas internacionales, con China excluida del cálculo, han anunciado inversiones por más de 638.000 millones de dólares (549.500 millones de euros) en territorio estadounidense. Los proyectos incluyen nuevas fábricas, ampliaciones de plantas existentes, centros de investigación y desarrollo y nuevas infraestructuras para reforzar las cadenas de suministro.
No es casualidad que estas inversiones se produzcan ahora. La Administración Trump ha amenazado con aplicar fuertes aranceles a los medicamentos y productos sanitarios fabricados en el extranjero. Para las compañías, construir dentro de Estados Unidos se convierte así en una forma de reducir su exposición a futuras barreras comerciales.
Washington, además, está utilizando estas inversiones como moneda de cambio. Las empresas que se comprometen a fabricar e investigar en suelo estadounidense pueden obtener períodos de gracia o protección frente a determinados aranceles.
En el caso de los productos innovadores y los principios activos procedentes de la Unión Europea, Estados Unidos aplica actualmente un tope arancelario del 15%.
El trasfondo de esta estrategia es la fuerte dependencia estadounidense de proveedores extranjeros.
Cerca del 88% de los medicamentos genéricos que consumen los estadounidenses son importados. A esto se suma que aproximadamente el 80% de los principios activos utilizados en la fabricación de medicamentos procede de países como India y China.
Para Washington, esta situación representa una vulnerabilidad. Una crisis sanitaria, una guerra comercial o una interrupción de las cadenas internacionales de suministro podría generar problemas para garantizar el acceso a medicamentos esenciales.
La pandemia de Covid-19 dejó precisamente en evidencia algunos de esos riesgos y aceleró el debate sobre la necesidad de recuperar producción estratégica.
Trump ha decidido abordar el problema mediante una combinación de aranceles, incentivos y presión directa sobre las compañías.
En el caso de los medicamentos genéricos, la Administración anunció inicialmente un arancel del 0% a partir del 1 de agosto de 2026, aunque el esquema contempla una subida escalonada. El plan establece gravámenes del 100% desde agosto de 2028 y del 200% varios meses después de que finalice el mandato presidencial.
La amenaza es suficientemente importante como para que las grandes farmacéuticas hayan comenzado a adaptar sus planes de inversión.
El otro frente de batalla: los precios
Pero Trump no quiere únicamente que las compañías fabriquen más en Estados Unidos. También pretende que los estadounidenses paguen menos por sus medicamentos.
En julio del año pasado, el presidente envió cartas a varias empresas biofarmacéuticas para explicarles las condiciones que debían cumplir para alinearse con el principio de "nación más favorecida" en materia de precios.
La lógica de la Administración es que Estados Unidos paga por determinados medicamentos precios superiores a los de otros países desarrollados. Según este argumento, los consumidores estadounidenses terminan financiando una proporción excesiva de los costes de la industria farmacéutica mundial. La Casa Blanca busca reducir esa diferencia.
La presión ha desembocado en acuerdos individuales con las compañías. En ellos se combinan compromisos para reducir determinados precios con inversiones en Estados Unidos y beneficios frente a los aranceles.
El resultado es una fórmula que hasta hace pocos años habría parecido poco habitual: Washington utiliza el acceso al mayor mercado farmacéutico del mundo para conseguir simultáneamente menores precios e inversiones industriales.
AbbVie encabeza la carrera
La compañía que ha puesto sobre la mesa el compromiso más importante hasta ahora es la biotecnológica estadounidense AbbVie.
La empresa prevé invertir 100.000 millones de dólares durante la próxima década en investigación, desarrollo y otros gastos de capital, incluidos nuevos centros de fabricación.
A cambio, AbbVie acordó con la Administración reducir los precios de sus tratamientos dentro de Medicaid, el programa sanitario federal y estatal destinado a personas con bajos ingresos.
El acuerdo también contempla su protección frente a los aranceles comerciales y futuros mandatos de precios.
La dimensión de la inversión permite entender la importancia de estos acuerdos. No se trata simplemente de levantar algunas plantas para evitar un impuesto a las importaciones. Las compañías están tomando decisiones que pueden determinar dónde se realizará durante las próximas décadas una parte importante de la investigación, la producción y la innovación farmacéutica.
Las grandes estadounidenses se suman
Pfizer, Merck —MSD fuera de Estados Unidos y Canadá—, Johnson & Johnson, Bristol Myers Squibb (BMS), Lilly, Gilead Sciences, Regeneron, Biogen y Amgen figuran entre las compañías estadounidenses que han anunciado grandes inversiones.
En conjunto, sin contar los 100.000 millones de AbbVie, sus compromisos alcanzan unos 305.000 millones de dólares.
Esto significa que las compañías estadounidenses representan aproximadamente el 63% de los 638.000 millones de dólares de inversiones anunciadas por el sector.
Los proyectos tienen dimensiones muy diferentes. Amgen y Biogen destinarán 2.000 millones de dólares cada una. Regeneron invertirá 7.000 millones; Lilly, 27.000 millones; Gilead Sciences, 32.000 millones; BMS, 40.000 millones; y Johnson & Johnson, 55.000 millones.
A estas cifras podría añadirse el compromiso de Merck, que ya había anunciado en octubre de 2024 —antes de las elecciones presidenciales— inversiones por 70.000 millones de dólares en investigación, desarrollo y fabricación en Estados Unidos.
Pfizer apuesta otros 70.000 millones
Después de AbbVie, Pfizer y Merck-MSD aparecen entre las compañías con mayores compromisos.
Pfizer calificó de "histórico" el acuerdo alcanzado con la Administración Trump, que incluye medidas para que los pacientes estadounidenses paguen menos por sus medicamentos con receta.
La compañía se comprometió además a destinar otros 70.000 millones de dólares a investigación, desarrollo y proyectos de capital durante los próximos años.
El presidente y CEO de Pfizer, Albert Bourla, sostiene que la compañía pretende aumentar sus inversiones en Estados Unidos, generar empleo y recuperar capacidad de fabricación en el país.
No parte de cero. Entre 2018 y 2024, Pfizer ya había destinado 83.000 millones de dólares a la innovación biotecnológica estadounidense.
Merck-MSD también amplió sus compromisos y llevará sus inversiones en Estados Unidos por encima de los 70.000 millones de dólares. El objetivo es incrementar la capacidad de investigación y fabricación, además de fortalecer la cadena de suministro doméstica.
Las farmacéuticas europeas tampoco quieren quedar fuera

El movimiento impulsado por Trump está teniendo un efecto que va mucho más allá de las compañías estadounidenses.
Las grandes farmacéuticas europeas planean invertir conjuntamente más de 200.000 millones de dólares en Estados Unidos.
AstraZeneca es uno de los ejemplos más importantes. La farmacéutica anglosueca ha comprometido 50.000 millones de dólares hasta 2030 para ampliar su capacidad de fabricación y sus actividades de investigación en el país.
La apuesta tiene una explicación comercial evidente: Estados Unidos es, con diferencia, el mayor mercado de AstraZeneca. El volumen de ventas allí duplica con creces al europeo.
La compañía cuenta actualmente con 19 centros de producción, I+D y comercialización en territorio estadounidense. Durante el último ejercicio, Estados Unidos representó el 43,3% de los ingresos del grupo.
La estrategia de AstraZeneca pasa por aumentar todavía más esa dependencia del mercado estadounidense. La compañía pretende que Estados Unidos genere el 50% de sus ingresos en 2030, año en el que aspira a alcanzar una facturación global de 80.000 millones de dólares, frente a los 58.739 millones registrados en 2025.
Roche apuesta por las terapias del futuro
La suiza Roche también ha anunciado inversiones por 50.000 millones de dólares.
El plan contempla ampliar y modernizar sus centros de producción y distribución en Kentucky, Indiana, California y Nueva Jersey.
Pero la compañía no se limitará a aumentar su fabricación tradicional. También construirá en Pensilvania una instalación avanzada para terapias génicas y levantará en Indiana una planta dedicada a sistemas de monitorización continua de glucosa.
El proyecto incluye además una fábrica de medicamentos de nueva generación para la pérdida de peso y un centro de investigación avanzada en inteligencia artificial en Massachusetts.
La combinación resulta significativa: producción farmacéutica, nuevas terapias e inteligencia artificial. Es decir, Estados Unidos no está atrayendo únicamente las fábricas actuales de las multinacionales, sino también inversiones vinculadas con algunas de las áreas que pueden definir el futuro de la medicina.
Novartis, GSK y Boehringer siguen el mismo camino
Novartis, también de origen suizo, invertirá 23.000 millones de dólares en Estados Unidos.
La compañía construirá seis nuevas instalaciones productivas —algunas destinadas a la fabricación de materias primas farmacéuticas— y ampliará otras cuatro plantas. Además, instalará un nuevo centro de I+D en San Diego, California.
La británica GSK destinará 30.800 millones de dólares durante cinco años a investigación, desarrollo e infraestructura de su cadena de suministro.
Sus proyectos incluyen instalaciones de fabricación avanzada, inteligencia artificial y tecnologías digitales.
Boehringer Ingelheim, la última gran farmacéutica europea en sumarse a esta ola de inversiones, destinará 20.000 millones de dólares a sus negocios de medicamentos para humanos y salud animal.
De ese total, 10.000 millones se invertirán hasta 2028 en investigación, desarrollo y producción farmacéutica.
Japón también participa en el proceso. Takeda ha comprometido 30.000 millones de dólares durante los próximos cinco años para ampliar sus instalaciones de investigación y fabricación en Estados Unidos.
El gran cambio: fabricar donde se vende
La magnitud de estas inversiones revela que detrás de la disputa por los aranceles y los precios existe una transformación mucho más profunda.
Durante décadas, las farmacéuticas construyeron cadenas de suministro globales con un objetivo fundamental: producir cada componente allí donde resultara más eficiente y barato. Los principios activos podían fabricarse en Asia, la investigación realizarse en Estados Unidos o Europa y los medicamentos terminar de producirse en otro país antes de distribuirse mundialmente.
Ese modelo está empezando a cambiar.
La estrategia de Trump está empujando a las compañías hacia un sistema en el que producir dentro del mercado donde se venden los medicamentos adquiere cada vez más importancia.
La eficiencia económica ya no es el único criterio. También pesan la seguridad de las cadenas de suministro, las tensiones geopolíticas, los aranceles y las políticas industriales de cada país.
Estados Unidos quiere reducir su dependencia exterior y está utilizando su enorme mercado como herramienta de negociación. Las farmacéuticas, por su parte, prefieren invertir miles de millones en el país antes que quedar expuestas a aranceles que podrían encarecer significativamente sus productos o limitar su acceso al mercado.
Una industria farmacéutica mundial más fragmentada
El efecto a largo plazo puede ser considerable. Si Estados Unidos logra consolidar esta política, otras grandes economías podrían responder con estrategias similares y comenzar a exigir que una mayor parte de los medicamentos consumidos en sus territorios también se fabrique localmente.
Eso podría desencadenar una nueva carrera mundial por atraer fábricas, laboratorios y centros de investigación.
El resultado sería una industria farmacéutica menos globalizada y más regionalizada, con cadenas de suministro duplicadas o distribuidas entre distintos mercados para reducir riesgos. Esa mayor seguridad podría disminuir la posibilidad de desabastecimientos provocados por crisis internacionales, pero también podría elevar los costes de producción al obligar a las compañías a mantener instalaciones en diferentes regiones del mundo.
Para Europa, India y otros grandes polos de fabricación farmacéutica, el desafío será particularmente importante: Estados Unidos está utilizando el tamaño de su mercado, los incentivos y la amenaza arancelaria para atraer inversiones que tradicionalmente podían dirigirse a otros destinos.
La gran incógnita será quién absorberá el coste de esta nueva configuración. Si fabricar medicamentos localmente resulta más caro, las compañías podrían trasladar parte de esos costes a los precios; pero si la competencia entre gobiernos aumenta y los incentivos públicos se multiplican, una parte de la factura podría terminar siendo asumida por los Estados.
Lo que está haciendo Trump, por lo tanto, no es solamente negociar descuentos con las farmacéuticas. Está intentando redibujar el mapa mundial de producción e innovación del sector. Y si las inversiones anunciadas se concretan, Estados Unidos podría salir de este proceso no solo con más fábricas de medicamentos, sino también con una participación todavía mayor en la investigación, la biotecnología y las tecnologías que definirán la próxima generación de tratamientos.