INFARTO: UNA DÉCADA SIN BAJAR LA MORTALIDAD Y UNA PREGUNTA QUE VUELVE A INCOMODAR A LA CARDIOLOGÍA ARGENTINA
La Argentina lleva una década sin lograr reducir la mortalidad hospitalaria por el tipo de infarto más grave. Entre 2015 y 2024, el 8,6% de los pacientes con infarto agudo de miocardio con elevación del segmento ST (IAMCEST) murió durante la internación y la cifra no mostró cambios estadísticamente significativos. El dato será uno de los principales temas del 52° Congreso Argentino de Cardiología (SAC.26), que se realizará del 14 al 16 de octubre en La Rural.
El congreso fue presentado durante una rueda de prensa en la que, además, hubo un momento especial para recordar al reconocido periodista Carlos Clerici, recientemente fallecido. El homenaje atravesó un encuentro destinado a presentar los principales ejes de una reunión que reunirá a unos 15.000 especialistas y que pondrá bajo la lupa una paradoja difícil de explicar: la medicina cuenta hoy con tratamientos capaces de salvar vidas, pero sus beneficios se pierden cuando la atención llega tarde.
La pregunta que aparece detrás de los números es incómoda: ¿por qué una enfermedad para la que existen tratamientos eficaces sigue matando en la misma proporción que hace diez años?
La respuesta no parece estar únicamente en la disponibilidad de tecnología o en la capacidad de los profesionales. El problema, según los datos que serán discutidos durante el congreso, está también en el tiempo que transcurre entre el comienzo del infarto y la apertura de la arteria obstruida, en las demoras dentro del sistema de salud y en las dificultades para coordinar la atención cuando el paciente debe ser trasladado.
Los datos provienen del registro ARGEN-IAM-ST, una iniciativa nacional que permite conocer cómo se atiende a los pacientes con infarto en instituciones argentinas. El análisis reunió 7.690 casos registrados en 209 centros entre 2015 y 2024 y evaluó mortalidad, complicaciones y tiempos de atención.
El hallazgo más significativo es que la medicina argentina sí logra utilizar tratamientos de reperfusión en la gran mayoría de los casos: más del 90% de los pacientes recibió alguna estrategia de reperfusión en ocho de los diez años analizados. Sin embargo, en más del 60% de los casos el tratamiento se realizó fuera de los tiempos recomendados.
Ahí aparece una de las claves del problema. En un infarto, cada minuto cuenta. Cuando una arteria coronaria se obstruye, el músculo cardíaco deja de recibir sangre y oxígeno. Cuanto más tiempo permanece cerrada, mayor es el daño y mayores son las posibilidades de insuficiencia cardíaca, arritmias graves y muerte. Por eso, en cardiología, hay una frase que resume la urgencia: “el tiempo es músculo”.
Durante la rueda de prensa y entre otros interrogantes a los cardiólogos presentes no podía faltar la pregunta de Pharmabaires: Como distinguir el simple dolor muscular del que es parte de una dolencia cardíaca. Pero la respuesta fue coincidente y no se hizo esperar: En cualquier caso consulta urgente.
El reloj empieza antes de llegar al hospital
La demora muchas veces comienza antes de que el paciente entre en una guardia. El registro mostró una mediana de 120 minutos entre el inicio del dolor y la consulta: la mitad de los pacientes esperó al menos dos horas antes de pedir ayuda.
Dolor o presión intensa en el pecho, falta de aire, sudoración fría, náuseas o un malestar súbito pueden ser señales de alarma que requieren una consulta inmediata al sistema de emergencias.
Pero llegar al hospital tampoco garantiza que el tratamiento se produzca con la velocidad necesaria.
La mediana entre el ingreso y la administración de un fibrinolítico fue de 55 minutos, mientras que para quienes recibieron angioplastia fue de 79 minutos. El tiempo total de falta de irrigación llegó a 180 minutos entre quienes recibieron fibrinolíticos y a 315 minutos entre quienes fueron tratados con angioplastia.
Lo más preocupante es que ninguno de esos tiempos mejoró significativamente durante la última década.
“Los datos nos obligan a mirar más allá de cuántos pacientes reciben reperfusión y a preguntarnos cuándo la reciben”, afirmó el Dr. Sergio Baratta, presidente de la Sociedad Argentina de Cardiología (SAC) y presidente del Congreso SAC.26.
Para el especialista, contar con profesionales capacitados, medicamentos efectivos y salas de hemodinamia modernas no alcanza si el paciente consulta tarde o encuentra demoras evitables dentro del sistema. La mortalidad estable durante diez años, sostuvo, “no debe naturalizarse”.
El traslado puede duplicar el tiempo de espera
El problema se hace todavía más visible cuando el hospital al que llega inicialmente el paciente no puede realizar el tratamiento que necesita.
El 44,8% de los pacientes incluidos en el registro llegó al centro donde finalmente fue tratado desde otra institución. En esos casos, el traslado agregó más de tres horas hasta la reperfusión y prácticamente duplicó el tiempo total durante el cual el corazón permaneció sin una irrigación adecuada: unas seis horas frente a tres entre quienes pudieron ser tratados en el primer centro.
La angioplastia primaria es la estrategia preferida cuando puede realizarse rápidamente. Pero cuando se estima que la demora será superior a dos horas, las recomendaciones contemplan evaluar la utilización temprana de fibrinolíticos antes del traslado, siempre que no existan contraindicaciones.
Sin embargo, en la práctica analizada por el registro, sólo el 27% de los pacientes derivados recibió fibrinolíticos.
Para la Dra. Mirta Diez, presidenta electa de la SAC, el dato expone una falla que va más allá de un hospital determinado. “La fragmentación del recorrido asistencial tiene consecuencias que pueden medirse”, señaló.
La especialista planteó la necesidad de que las redes de atención funcionen las 24 horas, con protocolos comunes, responsabilidades definidas, comunicación entre los equipos y evaluación permanente de los resultados.
Abrir la arteria sigue salvando vidas
Los números muestran también qué ocurre cuando el tratamiento no llega.
Entre los pacientes que no recibieron reperfusión, la mortalidad alcanzó el 15,4%, casi el doble del 7,9% registrado entre quienes sí recibieron el tratamiento.
El dato confirma el beneficio de las estrategias disponibles, pero al mismo tiempo muestra que todavía existe un grupo de pacientes que queda fuera de una intervención esencial o la recibe demasiado tarde.
Para modificar esa situación, los especialistas plantean fortalecer redes provinciales y regionales de atención del infarto, que conecten ambulancias, servicios de emergencia, hospitales de diferente complejidad y centros con capacidad de realizar angioplastias.
El objetivo es que desde el primer contacto se pueda realizar rápidamente un electrocardiograma, activar al equipo receptor, decidir la estrategia de reperfusión y organizar el traslado cuando sea necesario.
“El estancamiento no responde a una única causa ni se resolverá con una medida aislada”, sostuvo el Dr. Mariano Falconi, presidente del Comité Científico del Congreso. El desafío, explicó, consiste en actuar al mismo tiempo sobre la consulta temprana de la población, la atención prehospitalaria, los protocolos, la derivación y el acceso oportuno a la repercusión.
Mucho conocimiento, todavía demasiadas demoras

El 52° Congreso Argentino de Cardiología, que se desarrollará entre el 14 y el 16 de octubre en La Rural, buscará justamente poner estos datos en discusión. Con cerca de 15.000 inscriptos previstos, el encuentro es presentado por la SAC como el mayor congreso científico de habla hispana de la especialidad y uno de los más importantes a nivel mundial.
Uno de los ejes será revisar por qué los avances científicos no siempre se traducen en mejores resultados. El objetivo internacional “25 x 25”, que proponía reducir en un 25% la mortalidad prematura por enfermedades no transmisibles, puso en evidencia la necesidad de convertir el conocimiento disponible en resultados concretos.
En el caso del infarto argentino, el desafío parece estar menos relacionado con descubrir un nuevo tratamiento que con hacer que los tratamientos que ya existen lleguen a tiempo.
La prevención, de todos modos, sigue siendo otra de las herramientas fundamentales. Controlar la presión arterial, el colesterol, la glucemia y el peso, mantener una alimentación saludable, realizar actividad física, no fumar y trabajar sobre el estrés son medidas que ayudan a reducir el riesgo cardiovascular.
El mensaje que surge de una década de registros es contundente: no alcanza con saber cómo tratar un infarto. Hay que lograr que ese tratamiento llegue a cada paciente, en cualquier lugar del país y dentro del tiempo adecuado.
Y ese será, justamente, uno de los debates centrales que quedará planteado en el Congreso: cómo conseguir que entre el primer síntoma y la apertura de una arteria no se pierda aquello que la medicina todavía no puede recuperar: el tiempo.